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De Mendoza a Haifa, los sueños de un argentino que fue a Israel a estudiar el pasado de la Tierra

21.01.2019 12:12  | 

Itongadol. - Nicolás Waldman, es profesor del Departamento de Geociencias Marinas de la Universidad de Haifa, pero su historia comienza en Mendoza, Argentina, y pese a que pasó más años en Israel que en tierras cuyanas aún guarda esa añoranza por las tortitas mendocinas, nostalgia que suele calmar con algunos mates.

Mientras intenta explicar a la Agencia de Noticias AJN su proyecto sobre los últimos descubrimientos del Mar Muerto y los datos que revelan que la última tormenta de nieve y lluvia que pasó por Israel, según precisa, viene del Mediterráneo que está conectado con el Atlántico. “Esto determina que hace 100 mil años muchas de las lluvias venían del sur, no del oeste”, apunta con entusiasmo, para agregar que “esto está relacionado con los cambios climático en África”.

En un relato minucioso trata de explicar que Israel, el puente que existe entre África y el mundo, tuvo en su momento “intensificaciones de humedad” que tienen un impacto en la evolución humana. “En concreto, las investigaciones determinan que el desierto estaba más verde que ahora, llovía más veces al año”, puntualiza.

Pero volvamos a la historia de Nicolás Waldman, el profesor, que nació en 1974, en Mendoza, la tierra del vino, anclada a los pies de la Cordillera de Los Andes. “La primera migración fue decidida por mis padres, tenía cuatro años en el ‘78, era en la dictadura militar. Vinimos a Jerusalem estuvimos seis años hasta que se recuperó la democracia en la Argentina y en el ‘84 volvimos a Mendoza hasta 1990, principio del gobierno de (Carlos) Menem”, resume.

En ese momento abre un paréntesis para apuntar que en su infancia vivió en San Juan, en un complejo habitacional. Recuerda que en la época de la dictadura hubo persecuciones políticas en el barrio, pero aclara que a su familia no. Por eso explica que la decisión de viajar a Israel se debió a “una combinación entre el temor a las persecuciones y al espíritu activo que tenía la familia en la comunidad local y sionista”.

“Mi mamá vino en el ’67, soltera volvió y se casó con mi papá. Y luego volvieron porque el sionismo estaba en las venas. El problema político hizo salir el sionismo”, relata.

La vuelta a la Argentina con el retorno de la democracia pareció seductor para la familia Waldman, pero la crisis económica y un sistema político endeble seguramente les hizo reflexionar. “Siempre quedamos extrañando Israel, nos acostumbramos a la vida israelí, el ritmo es diferente. La situación era más fácil económicamente”, cuenta.

“En 1990 hice el secundario, tuve muchísimas dificultades porque no sabía inglés. Tenía que hacer una prueba de inglés y tuve que meterme muy duro a estudiar. Después estuve en el Ejército, hice la universidad y un doctorado en Suiza. Tuve la suerte que encontré becas para Geólogo” relata.






Las fotos lo suelen mostrar siempre cerca de la naturaleza. “Pero a mí no me gusta abrir sapos y que tienen adentro, ni siquiera mato las moscas y una de las cosas de la naturaleza es por qué la vemos, cómo la vemos. Eso te lleva a larga a la profesión que responde las preguntas y es la ciencia de la Tierra aunque hay muchas preguntas todavía”, sostiene.

En 2011, luego de estudiar en el exterior retornó a Israel y a la Universidad de Haifa. Estableció un laboratorio que de apoco fue creciendo en cantidad de recursos y estudiantes y ahora es profesor adjunto de geociencia marinas.

Haifa no sólo trascendió por su desarrollo tecnológico de los últimos años sino también por la comunión de etnias que viven en esa zona de Israel. “Estuve ocho años viviendo en Europa y se ven distintas etnias, pero una de las cosas que me gusta de estar acá es que estamos en el centro, en el centro del tema de Medio Oriente”, explica.

“Aunque sea más difícil es la mejor forma de integrar y hacer un tipo de paz. En el laboratorio tengo todas las grandes religiones que hay en el planeta. Tenemos un estudiante de Nigeria, otro de Grecia, Noruega, de China, y tenemos chinos y chinos musulmanes. También llegaron estudiantes dela India, Europa, americanos y una argentina”, apunta, entre risas.

La convivencia se alimenta en un encuentro semanal de estudiantes, en el cual cada uno presenta sus distintos proyectos. “Una posibilidad de intercambiar no solo ideas sino de aprender de la humanidad”, grafica Nicolás.

En este tramo de la charla señala que el principal técnico del laboratorio es de origen árabe. “Hace siete año que trabajamos juntos y siempre conversamos sobre la ciencia y las políticas y las fiestas. Hay muy buena relación, que tengamos diferente Dios lo hace más interesante”, agrega.

Nicolás asegura que el conflicto de Medio Oriente “para nada” afecta la relación y asegura que se trabaja normalmente. “Si se arma una no es lo más simpático del mundo”, aclara.






Al profundizar un poco sobre su profesión, el mendocino aclara que su trabajo está más orientado para la Paleoclima, el estudio de las características climáticas de la Tierra a lo largo de su historia. “Utilizo sedimento marino para interpretar la variación climática, para entender los cambios”, señala. Aclara enseguida que su misión no es pronosticar lo que puede pasar en el futuro. “ No tengo la bola de cristal para saber qué pasará”, bromea.

Nicolás recolectó sedimentos marinos de todas partes del mundo, incluso de la Argentina donde estuvo medio año en Tierra del Fuego y también en un proyecto en Neuquén a partir de una iniciativa conjunta entre las universidades de Buenos Aires y Haifa, con el auspicio de la Cancillería israelí.

“Trabajo mucho en África, en Kenia, en Estados Unidos, Alaska y el Mar Muerto. Tenemos diferentes técnicas para entender los cambios”, dice.

Nicolás cuenta que si bien sus padres y su hermana viven en Israel, el resto de la familia está en Mendoza. “Hace tres meses estuve en Argentina y Mendoza después de 13 años. Fue bastante emociónate fui a ver a los muertos y a los vivos”, aclara.

“Una delas cosas que me impresionan cada vez que vuelvo a Mendoza es el sentido del olfato. Llas panaderías siguen estando ahí, el supermercado esta con el mismo nombre, pero el olor es algo muy fuerte que no se puede describir”, transmite.

El aroma de las Araucarias que hay en Mendoza, el lustre de la acera y las veredas limpias junto a las tortitas mendocinas, es lo que genera nostalgia en Nicolás. “Acá la carne no es como en la Argentina, pero acá se consigue yerba y dulce de batata, pero las tortitas de Mendoza no se consiguen”, insiste.

Nicolás y su familia viven en un kibutz, aclara que menos del uno por ciento de la población opta por la comuna agrícola en Israel y destaca que el 80 por ciento de la población de los kibutz suele ir al frente en el Ejército. “Son gente de buena fe”, subraya.

“Me volví kibutznik hace cuatro años, es un lugar donde viven 300 personas. Abrís las puertas, el perro sale y los chicos salen a jugar. No hay murallas entre los vecinos y, por eso, a veces tu mascota termina en la casa de un vecino”, explica.

En esta breve reseña de la vida en los kibutz, Nicolás aclara que “antes era más socialistas la vida en estas comunas, pero tienen diferentes tipos de cosas que quedan de aquella época”. “Por ejemplo donde vivo tengo que pagar una tasa para ayudar a los abuelos que no tienen sueldo. La propia población mantienen a los ancianos”, cuenta.

La educación es diferente, según señala Nicolás, porque los chicos están afuera, conoce los nombres científico de las plantas, ven caballos y vacas cada semana y permanecen en la escuela de 7 a 4 de la tarde. “La educación está más dedicada. Hay menos vacaciones. Pagas menos que en Tel Aviv y Jerusalem que son ciudades”, resalta.

Además, según este mendocino-israelí, “cada kibutz tiene su agricultura y su industria”. “Donde yo vivo hay una fábrica de metalúrgica”, resalta.

La charla se va terminando y las palabras de Nicolás sobre la vida en Israel y su profesión generan a la distancia imágenes distintas y despiertan los sentidos del olfato de un aire puro y renovado.
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